19. jun., 2021

Vanitas vanitatum et omnia vanitas

De acuerdo. Maldigo al virus como estimo harán el 99% de la humanidad. Nos jodió la vida y nos quitó vidas.
Pero, en lo personal, las consecuencias de su aparición y propagación también me supusieron provechos.
Aquí me referiré en concreto al encierro.
Mi confinamiento no me agitó en exceso los cimientos de mi trabajo, porque llevo ya unos cuantos años trabajando desde casa. Es un espacio en el que no me siento para nada incómodo, me agrada estar y, usualmente, no siento excesivas inclinaciones por ir a otras partes salvo para unos pocos asuntos propios e inherentes a mis vicios y aficiones. En casa se está muy bien, y en la mía más.
 
Una vez terminadas las obligaciones laborales, en el día a día, mis pasatiempos predilectos, a los que dedico con mayor placer una ingente cantidad de neuronas, sentimientos y minutos, también son de ámbito doméstico. La pintura, la literatura y la cocina son aficiones que disfruto un montón desde casa.  Así ha sido antes de la pandemia, y esto seguirá siendo una realidad para mí, siempre que la vida me lo permita.
Lo que el encierro me regaló es tiempo para pensar.
Tiempo de calidad, no porque fueran buenos tiempos, sino porque desde los revoltijos emocionales interiores, las angustias y miedos, las esperanzas y ruegos, desde la ignorancia y sed de entender, me voy a meditaciones y raciocinios profundos, filtro cosas y hechos con una sensibilidad diferente, quizás nueva. Y pensar no duele, incluso puede ser bueno cuando la costumbre es más bien hacerlo poco y vivir con excesiva prisa. No soy la excepción.
Este tiempo de reflexiones, creo, me hace pintar y dibujar de forma diferente, posiblemente con una intuición menos comercial, más temperamental.
 
Lo mismo me pasa con mis lecturas o videos que miro  -que me nutren desde YouTube- quizás persigo ahora una intelectualidad menos egoísta y me adentro más en los entresijos intelectuales y emocionales de toda la humanidad.
 
Pero, lo más sabroso que la situación me está aportando es que me voy reencontrando, paso a paso, con el yo que fui y soy en esencia, no con el ser adoctrinado por las circunstancias y en cuyo papel me metí en algún momento a lo largo del tiempo.
Y el reencuentro me está permitiendo creer más en mí y en mis posibilidades, en algunos aspectos que vivo, normalmente, más desde la timidez y autocrítica que desde la confianza.
 
Traducido en acciones, el año pasado creé mi cuenta de Instagram, y sepan que con convicción y con ganas, aunque sin entender del todo aún sus mecanismos. Ahí publico mis pinturas y dibujos, con afán de compartir y, admito, con ganas de promocionar a su autor.
 
La mejor acción, la que me mueve de momento positivamente enfebrecido, tiene doble vertiente, ambas indisolubles y sumamente gratificantes. Decidí escribir una siguiente novela, la tercera, con todas esas prebendas que aportan la fantasía, la investigación, estrujarle al cerebro esfuerzos y creatividad. Me tiene entusiasmado el proyecto.
Y decidí en paralelo mover con seriedad y ambición mi novela El Canto de la Essentia, la que llevaba ya enterrada unos años en el fondo de este ordenador y en el universo glotón y solitario de Amazon, viviendo la muerte del olvido.
 
Este propósito me obsequió ayer una extraordinaria vivencia, una de esas que rozan el alma con tiernas caricias y cosquillas generosas en el ego.
Las protagonistas de lo ocurrido se llaman Cristina, Evita, Paty, Bertha, Olivia, Aurelia, María del Roble, Rocío, Virginia, María de los Santos y Laura, mujeres y personajes para muchos desconocidos, pero que yo, por mi parte, ya adopté y estampé en mi álbum de personas preferidas del mundo mundial. Y puedo asegurar que el ingreso a este álbum es más bien restringido, por no decir, casi imposible.
Ellas, señoras todas, forman el club de lectura «Reto Lector» de la ciudad de Monterrey, México. Nos conocimos con Bertha en un grupo de amantes a la lectura de Facebook, hará ya sus buenos tres meses desde entonces. Todo se originó con mi ocurrencia de regalar a lectores desconocidos la novela en formato manuscrito y pdf, con la única modesta condición de escribirme después de su lectura unas líneas de comentario y opinión. Hasta entonces, El Canto de la Essentia lo habían leído solo contadas personas, todas de mi círculo íntimo y querido, y que, así mismo, me quieren, por lo que sus opiniones benignas no siempre me dan la certeza de la objetividad. Al final el cariño está para eso, para querer y dejarse querer. Pero ya el atrevimiento de pasar por el juicio de personas anónimas, lectores apasionados, y que no saben de mi más allá de lo que pueden encontrar en mi perfil de redes, era un riesgo y reto que quise imponerme con gallardía, aunque también lo viví con nervios.
La sentencia personal que Bertha expresó después de unas semanas a través de un amabilísimo correo electrónico fue de lo más prometedora y recuerdo que me sentí halagado porque mi novela le había gustado. Pasar de sentirme halagado a sentir engreimiento fue sencillo, porque la amiga lectora mexicana me preguntó si podía compartir la misma con un club virtual de lectores del que ella forma parte y que mensualmente leen una obra para luego debatir y tertuliar sobre ella. ¿Me iba yo a negar a tan generoso pedido, haciéndome ella con este gesto no uno, sino multiplicados favores al compartirla con más gente anónima? Pues, así lo hizo y, semanas más tarde, con una tal Cristina -¡oh bendita seas, Cristina, amiga venerada ahora!- nos contactamos y fijamos el 18 de junio para mantener una tertulia sobre El Canto de la Essentia con los miembros del club. No me lo podía creer, yo era digno de tener un cara a cara con mis lectores. Cristina es el alma generosa y fundadora del club que dirige con pasión literaria y mano de amiga entrañable. Lo incomodo fue que tampoco dejó entrever demasiado las opiniones que le iban llegando de los miembros, al menos yo no pude deducir si me iba a enfrentar a un desmembramiento intelectual de mi obra y mis capacidades como escritor o, por el contario, me iba a encontrar con unos contertulios benévolos por haberles agradado la novela o, al menos, partes de ella.
 
Bien, ayer fue 18 de junio y, a las 17h00, hora mexicana y mía, inició nuestra reunión en una de estas plataformas digitales que nos está salvando a la humanidad en más de un sentido para no volvernos del todo locos y seguir siendo homo sapiens sociales y comunicativos.
 
Y aquí ya inicia la parte en la que me vuelvo tontorrón, absolutamente idiotizado por el maremágnum de emociones tan hermosas que estas once lectoras me tenían reservado.
Desmenuzaron las partes de El Canto de la Essentia para mí, interpretaron su historia y mis capacidades, me adularon con su empatía por los personajes, las frases que se habían anotado en cuadernos, dignificando así lo que alguna vez escribí... Me expresaron con sensibilidad sus conclusiones, sus dilemas, sus preguntas sobre el autor y, rápidamente, fui viendo que mi novela les había gustado, que la habían adornado con epítetos como «fresca» o «amena», y yo me fui derritiendo cuán terrón de azúcar hasta convertirme en pura miel adulada y con el ego por las nubes.
 
Oigan, ¡no me juzguen! Me sentí cuan autor reconocido y famoso.
Que a mí esto no me había pasado en la vida, la normalmente puñetera en la que nos dejamos tantos sueños en el tintero.
Que yo, en YouTube, soy un ávido espectador de entrevistas, tertulias, coloquios y discursos de mis autores más admirados, al menos de los vivos, como Pérez-Reverte, Marías, Moro, Navarro, Lapierre, Harari, Roy o Vázquez-Figueroa por nombrar a unos pocos, y de pronto me siento parte de esa familia de escritores de éxito.
Que casi me sé de memoria muchos de los pensamientos profundos de Vargas Llosa de tanto mirar sus conferencias, y ahora era yo el que conferenciaba.

Ya sé, existe bastante pedantería de mi parte situarme a la altura de estos iluminados. Ya sé que a ellos los acompañan al menos mil personas en el público en situaciones parecidas, y otros tantos millones que los siguen en las redes, que nuestra tertulia de ayer fue una experiencia prima, íntima, en petit y desconocido comité, con solo mis once veneradas y novísimas amigas y yo en el centro de su aprecio.
Pero, les juro que lo viví todo con una buena dosis de ratificación en lo que hago, escribir, porque escribo para ser leído, y mi pulso me dicta ahora mismo que con El Canto de la Essentia fui por buen camino al escribirla y que merece la pena seguir con el sueño.
Actualmente, El Canto de la Essentia se está editando en una pequeña editorial en España y pronto verá la luz una edición en libro electrónica y otra en papel.

Habrá ahora los que se rían de mí por creerme la posibilidad  de que mis libros se lean y vendan porque el veredicto de once señoras lectoras mexicanas me inflamó la vanidad.
Otros me mirarán con compasión y esos buenos deseos que, normalmente, se expresan con el corazón agrandado y la boca chica.

Honestamente, y siguiendo un poco en mi línea, yo les sugiero que se contacten con el club Reto Lector, Monterrey, México, que conozcan a mis heroínas a las que un día dedicaré más palabras y versos.
Ahí les preguntan si exagero y, quizás, cuando El Canto de la Essentia o futuras ficciones mías se crucen en su camino, les apetezca probarse también como lectores de Vaca Delgado, ¡hasta podría ser que les guste!
 
Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!
Pero, ¡qué rico es sentirse así, carajo!