8. jul., 2021

Mi concerto grosso

Cuarenta y nueve años después, sigo convencido de que la guitarra me encontró a mí y no yo a ella.

A la edad de siete, conocía cada rincón y cada secreto de nuestro ático en Hannover. Ayudaba, seguramente, que yo era inquieto y curioso y, aún más, que nuestro apartamento fuera de dimensiones minúsculas. Apenas cabía nuestra corta familia de tres, aunque añadiré que allí viví una felicísima infancia y parte de mi juventud.
Conociéndome cada segmento de la vivienda y todos sus contenidos al más mínimo detalle, juraba que aquella caja de cartón en los altos del armario de ropa apareció de repente y por arte de magia. No podía llevar ahí ocho años como afirmaban mis padres. Y en ella, la pequeña guitarra que, según me decían, había acompañado a mi madre desde España en su esperanzado viaje migratorio hacia nuestra vida en Alemania.

Fuese como fuese, os aseguro que el descubrimiento del instrumento fue de igual o mayor trascendencia que el de América; Colón habrá disfrutado lo suyo al avistar nuestras tierras, pero nada comparable con la taquicardia emocionada que yo sentí al sacar el artefacto de su caja. Sin nunca antes haber visto una guitarra real, solo tenía referencias por la televisión, me di cuenta de inmediato de que a la de mi madre le faltaban cuatro de las seis cuerdas, al igual que descubrí, que con solo dos de ellas también se podía hacer ruido primero y melodías después.
Inicié mi carrera de concertista amateur apenas una semana más tarde, cuando en aquellas dos cuerdas interpreté el Romance Anónimo de Narciso Yepes, para deleite y asombro de mis padres que descubrieron pronto que, además de mucha cara dura, tenía yo, al parecer, también el oído afinado para acompañar a esta.
Luego de un par de días más, ya estaba practicando aquella melodía fantástica del western de 1954, Johnny Guitar, y le había sacado la tonada de Apache a mi guitarra de palo, creyéndomela la más virtuosa de todas las guitarras modernas, mucho más que las yo veía en los programas musicales. Emulaba poco después a Santana con Samba Pa Ti y, si mal no recuerdo, punteaba también algún solo más exigente; recuerdo vagamente el Only You de The Platters, alguna tonadilla de los primeros Beatles y varias de canción ligera alemana.
La guitarra de mi madre me abrió el mundo de la música con una vehemencia brutal, aunque pronto quedaría enterrada de nuevo en su sarcófago de cartón, porque ya me habían comprado mis tutores musicales, mis padres, una guitarra española de verdad, una de esas de sonido lagrimoso, gimiente y soleado, y a la que pronto siguió otra, más sonora y pintona aún, necesariamente más digna de mis primeros pasos por la escuela de música.
La escuela que frecuenté por varios años, la que quedaba en el centro de la ciudad y a la que iba tres veces por semana, me aportó dos enseñanzas eruditas y educativas. Una de ellas fue, que aquello de los minuetos de Bach había que dejárselo a los músicos buenos, a los disciplinados y musicalmente ambiciosos, y que aquel no era mi caso. La otra, que con tres acordes bien aprendidos, un poco de gracia en la voz y la ya mencionada cara dura, se llegaba muy lejos con aquello de encantar a las niñas y a las tribus de amigos. Con ocho acordes aprendidos pronto, me sobraba para valerme con las canciones de Elvis Presley, Donovan, Los Panchos y María Dolores Pradera.

Estaba escrito en los destinos, que no iba yo para virtuoso, pero que el disfrute de una buena pachanga era tanto o más placentero para mí. A los primeros enamoramientos de niñas se accedía muy bien esgrimiendo notas y languideces, y en mí las guitarras habían encontrado al alcahuete perfecto para corrernos juntos unas buenas juergas.
Lo más notable, así lo recuerdo, fue que desde muy niño, mis gustos musicales fueron tan variopintos como lo fueron mis repertorios. Yo amaba y me atrevía con tantos estilos musicales, que hasta el día de hoy tengo una confusión mental sobre cuáles son mis preferidos. Oía y pretendía tocar mucho Big Band Jazz, dándome pronto cuenta de que me faltaban los otros veinte o treinta músicos para conseguir el sound de Benny Goodman o Glenn Miller. También era, y soy, muy pop, muy funky, y muy rockero.
Status Quo, Deep Purple, Led Zeppelin y Pink Floyd me enloquecían, aunque cantaba también canciones de Abba, Queen, Jorge Cafrune y Julio Iglesias. Ya más maduro, y hasta hoy, me deleitaba –y deleito- con E.L.O., Earth, Wind & Fire, al igual que con las caricias sonoras de Los Brillantes o Demis Roussos.

Y cuando en mi adolescencia dimos el salto hacia Ecuador para radicarnos aquí, sufrí un baño casi evangelizador al revelarse ante mí el folclore de las Américas, el de cada país y rincón, sonidos totalmente nuevos, como los vientos de las zampoñas y quenas, la algarabía del cuatro venezolano o el hechizo del arpa paraguaya.

Me emociono ahora mismo con solo recordar cuando yo, que era todo un alemán y de hábitos musicales más bien anglos -aunque había bastantes discos latinos y españoles en nuestro hogar de Hannover– sostuve por primera vez un charango en mis brazos, prieto y sujeto al pecho como si fuera un bebé al que había que sacar unos primeros lamentos andinos.

Así que pronto, en esta nueva vida en la Mitad del Mundo, desfogué mis apetencias musicales formando parte de grupos folclóricos, de rock, y de un bendito dúo que formamos por varios años con mi también bendito amigo y hermano Roberto.
Con Roberto atravesamos los firmamentos de la música protesta, la poética de las trovas, lo progresivo argentino. Silvio, Jara, Gieco, Mercedes Sosa, Los Chalchaleros, Sui Generis, Baglietto, por nombrar a unos pocos solo, pero que representan y encumbraron nuestras batallas artísticas de los 80, principalmente.

Qué bello es mirar atrás y recordar, sobre todo, cuando los recuerdos se bañan en sonidos y canciones, cuando las estampas sonoras con mi guitarra me producen aún escalofríos por lo mucho que pude disfrutar y vivir gracias a aquel instrumento de mi madre que me encontró hace ya cuarenta y nueve años.

Aún hoy, mi guitarra suena, mucho menos de lo que yo desearía, pero siempre dispuesta a acompañarme en una buena jarana con mis amigos, evocando fantasmas de mi pasado, con voz quebrada pero corazón galopante, a mi estilo, mi concerto grosso de toda una vida de amor por la música.